Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XLV

La tarde transcurrió apaciblemente y nos abandonamos al sopor, aunque mantuvimos un centinela en la cima de la gran duna situada detrás de los pozos.

A la puesta del sol bajé a lavarme en la salmuera que escocía; y de camino de regreso me detuve en el fuego de los ageyl para tomar café con ellos, mientras escuchaba su árabe neandí.

Empezaron a contarme largas historias del capitán Shakespeare, quien había sido recibido por Ibn Saúd en Riad como a un amigo personal, había cruzado Arabia desde el golfo Pérsico hasta Egipto y había muerto por fin en combate a manos de los shamar, en un revés que los defensores de Nech sufrieron durante una de sus guerras periódicas.

Muchos de los ageyl de ibn Dgheithir habían viajado con él, como escolta o seguidores, y contaban historias de su suntuosidad y de la extraña reclusión en la que se mantenía día y noche.

Los árabes, que por lo general vivían amontonados, sospechaban de cualquier intimidad demasiado recatada y le atribuían segundas intenciones. Recordar esto, y renunciar a toda paz y tranquilidad egoístas mientras se vagaba con ellos, fue una de las lecciones menos agradables de la guerra del desierto; y humillante también, pues era parte del orgullo de los ingleses abrazar la soledad, hallándonos a nosotros mismos notables cuando no había competencia presente.

Mientras conversábamos, el café tostado fue echado al mortero junto con tres granos de cardamomo. Abdulla lo machacó; con los golpes de almirez dring-drang, dring-drang de la aldea de Néyed, dos pares iguales de tiempos ligados. Mohammed el Dheilan oyó, vino silenciosamente a través de la arena y se dejó caer, lentamente, con gemidos, a la manera de un camello, en el suelo junto a mí. Mohammed era un tipo sociable; un hombre vigoroso y reflexivo, dotado de un gran sentido del humor irónico y de una afectación de astucia taimada, a veces justificada por sus actos,

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