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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XCV

Volví a donde estaba Allenby y le dije en voz alta, ante su séquito, que había disponibles dos mil doscientos camellos de montar y mil trescientos de carga.

Todos fueron asignados provisionalmente al transporte; pero, por supuesto, los camellos de montar eran camellos de montar. El Estado Mayor silbó y puso cara de sabiondo, como si ellos también dudaran de que los camellos de montar pudieran llevar carga.

Un tecnicismo, aunque fuera falso, podría ser útil. Todo oficial británico entendía de animales, por cuestión de honor. Así que no me extrañó cuando se le pidió a Sir Walter Campbell que cenara con el Comandante en Jefe esa noche.

Nos sentamos a la derecha y a la izquierda, y con la sopa Allenby empezó a hablar de camellos. Sir Walter prorrumpió diciendo que la providencial dispersión de la brigada de camellos había completado la dotación del transporte de la ⸺⁠ª División; un regalo del cielo, pues se había rastreado en vano el Oriente en busca de camellos. Exageró su papel. Allenby, lector de Milton, poseía un agudo sentido del estilo, y la frase resultaba floja. La dotación, el fetiche de los departamentos administrativos, le importaba un bledo.

Me miró con picardía: «¿Y para qué los quieres?». Respondí con ardor: «Para meter mil hombres en Deraa cualquier día que usted quiera». Sonrió y, negando con la cabeza hacia Sir Walter Campbell, dijo con tristeza: «Q, usted pierde».

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