¿Cómo era correcto dejar morir a los hombres porque no comprendían? La ceguera y la insensatez que imitaban el camino del bien eran castigadas con mayor severidad que el mal intencionado, al menos en la conciencia presente y el remordimiento del hombre vivo. Los hombres complejos que sabían cómo el sacrificio propio enaltece al redentor y abate al comprado, y que se contenían en su sabiduría, podían así dejar que un hermano insensato ocupara el lugar de la falsa nobleza y su consiguiente deuda de una sentencia más severa. No parecía haber un andar recto para nosotros, los líderes, en este sendero torcido de la conducta, círculo dentro del círculo de motivos desconocidos y vergonzantes que anulaban o recargaban a sus precedentes.
Sin embargo, no puedo atribuir mi aquiescencia al fraude árabe a la debilidad de carácter o a la hipocresía innata: aunque por supuesto debí de tener cierta tendencia, cierta aptitud para el engaño, o no habría engañado tan bien a los hombres, ni habría persistido durante dos años en llevar al éxito un engaño que otros habían urdido y puesto en marcha.
No había tenido nada que ver con la revuelta árabe al principio. Al final fui responsable de que se convirtiera en un fastidio para sus inventores. En qué momento exacto del ínterin mi culpa pasó de cómplice a principal, bajo qué cargos debería ser condenado, no me correspondía a mi decirlo.
Baste decir que desde la marcha a Akaba me arrepentí amargamente de mi enredo en el movimiento, con una amargura suficiente para corroer mis horas de inactividad, pero insuficiente para hacerme romper totalmente con él. De ahí la vacilación de mi voluntad, y mis interminables e insulsas quejas.