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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXXXVIII

pasar la noche allí y ver qué aspecto presentaba aquello en los cerros al día siguiente. Sabía que este sería un rumbo fatal, que nos haría perder los días en la indecision: así que me despedí de él y seguí cabalgando con mis dos hombres, y con seis Howeitat con destino a Shobek, que se habían unido a nuestra caravana.

La discusión nos había retrasado y, en consecuencia, solo llegamos al pie del desfiladero al oscurecer.

La lluvia triste y mansa hizo que lamentáramos un tanto nuestra virtud, inclinados a envidiar la hospitalidad que Motlog le brindaba a Fahad, cuando de pronto una chispa roja a nuestra izquierda nos atrajo hacia allí para descubrir a Saleh ibn Shefia acampado en una tienda y tres cuevas, con un centenar de sus combatientes libertos de Yenbo.

Saleh, el hijo del pobre viejo Mohammed, nuestro bufón, era el apuesto muchacho que había tomado Wejh al asalto en la jornada campal de Vickery.

—«Cheyf ent?» («¿Cómo estás?») dije yo con fervor dos o tres veces.

Sus ojos brillaron ante los modales de los yuheina. Se acercó a mí y, con la cabeza inclinada y voz intensa, soltó una retahíla de veinte «Cheyf ents» antes de tomar aliento.

No me gustaba que me ganaran, así que respondí con una docena con la misma solemnidad. Él me replicó con otra de sus largas andanadas, esta vez bastante más de veinte.

Así que renuncié a averiguar cuántas son las repeticiones posibles de los saludos en Wadi Yenbo.

Me recibió, a pesar de mi estado empapado, sobre su propia alfombra en su tienda y me dio una prenda nueva cosida por su madre, mientras esperábamos el guiso caliente de carne y arroz.

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