marchamos sin prisa hasta que el desierto terminó en una depresión de un metro en el borde de una llanura limpia, que se extendía llana hasta los metales del ferrocarril a unas millas de distancia. Nos detuvimos para que el anochecer hiciera posible su cruce. Nuestro plan era deslizarnos secretamente al otro lado y ocultarnos en las estribaciones lejanas, debajo de Deraa. En primavera estas colinas estaban llenas de ovejas pastando, pues la lluvia cubría sus faldas bajas con hierba nueva y flores. Con la llegada del verano se secaban y quedaban desiertas, salvo por viajeros ocasionales en misiones oscuras. Podíamos calcular razonablemente que pasaríamos un día sin ser molestados en sus pliegues.
Hicimos de nuestra parada una nueva oportunidad para comer, pues estábamos comiendo desaforadamente todo lo que podíamos tan a menudo como teníamos la ocasión. Aligeraba nuestras provisiones y nos impedía pensar: pero aun con esta ayuda el día se hizo muy largo. Por fin llegó el atardecer.
La llanura se estremeció una vez, mientras la oscuridad, que durante una hora se había ido acumulando entre las colinas de enfrente, fluía lentamente y la anegaba. Montamos. Dos horas más tarde, tras una marcha rápida sobre grava, Fahad y yo, explorando por delante, llegamos a la vía férrea; y sin dificultad encontramos un lugar pedregoso donde nuestra caravana no dejaría señales de paso. Los guardias turcos del ferrocarril se veían claramente tranquilos, lo que significaba que Abd el Kader todavía no había causado pánico con las noticias que traía.
Cabalgamos por el otro lado de la línea durante media hora, y luego descendimos a una depresión rocosa muy leve, llena de plantas suculentas. Este era Ghadir el Abyadh, recomendado por Mifleh como nuestra emboscada.