poco los bordes del montón con su peso. Antes de que terminara la tarea era la medianoche, y me retiré a la cama, agotado, ya que no había dormido tres horas desde que salimos de Deraa hacía cuatro días. Kirkbride (un muchacho por los años, que por entonces hacía el trabajo de dos hombres) se quedó para terminar el entierro y esparcir tierra y cal sobre la fosa.
En el hotel aguardaban un montón de asuntos urgentes: algunas sentencias de muerte, un nuevo juez, una hambruna de cebada para el día siguiente si el tren no funcionaba. ¡También una queja de Chauvel de que algunas de las tropas árabes se habían mostrado descuidadas a la hora de saludar a los oficiales australianos!