Deseaba desembarcar tropas aliadas en Rabigh, porque eso apagaría el ardor de las tribus al hacer que el jerife fuera sospechoso ante sus ojos. Las tropas extranjeras serían entonces su principal defensa, y su preservación sería obra y decisión nuestra, hasta que al final de la guerra, cuando Turquía fuera derrotada, las Potencias victoriosas pudieran arrebatar Medina al sultán mediante un tratado y conferírsela a Husein, junto con la soberanía legal del Hiyaz, como recompensa por sus fieles servicios.
No tenía su ligera confianza en que fuéramos lo suficientemente fuertes como para prescindir de pequeños aliados; así que le dije secamente que mis opiniones eran contrarias a las suyas.
Atribuía la mayor importancia a la conquista inmediata de Medina, y aconsejaba a Feisal que se apoderase de Wejh para prolongar su amenaza contra el ferrocarril.
En suma, a mi parecer, el Movimiento Árabe no justificaría su creación si su entusiasmo no llevaba a los árabes hasta Damasco.
Esto le desagradaba; pues el tratado Sykes-Picot de 1916 entre Francia e Inglaterra había sido redactado por Sykes para esta misma eventualidad; y, como recompensa por ello, estipulaba el establecimiento de Estados árabes independientes en Damasco, Alepo y Mosul, distritos que de otro modo caerían bajo el control absoluto de Francia. Ni Sykes ni Picot habían creído que tal cosa fuera realmente posible; pero yo sabía que sí lo era, y creía que, tras ella, el vigor del Movimiento Árabe impediría la creación —por nuestra parte o por la de otros— de planes de explotación indebidamente «coloniales» en el Asia Occidental.
Bremond se refugió en su esfera técnica y me aseguró, bajo su palabra de oficial de Estado Mayor, que para Faisal abandonar Yenbo e ir a Wejh era un suicidio militar; pero yo no vi fuerza alguna en los argumentos que me espetó con volubilidad, y así se lo hice saber.