perverso dar a hombres buenos herramientas tan mediocres; sin embargo, el ánimo de estos apenas parecía afectado por las armas inferiores. Su comandante, Brodie, era un escocés silencioso, nunca demasiado optimista ni demasiado preocupado; un hombre al que le parecía vergonzoso reparar en las dificultades y que imprimía su carácter en sus subordinados. Por muy dura que fuera la misión que se les encomendaba, siempre la abordaban con una determinación tan serena que su voluntad prevalecía. En cada ocasión y en cada crisis se hallaban puntualmente en su puesto en el momento preciso, sudorosos pero imperturbables, sin una sola palabra de explicación o queja.
Ocho imponentes automóviles salieron de Gweira al día siguiente y llegaron a nuestro viejo lugar de descanso, detrás de Mudowwara, al atardecer. Esto fue excelente; y acampamos con la intención de buscar un camino hacia el ferrocarril por la mañana. En consecuencia, partimos temprano en una camioneta Rolls y buscamos entre las colinas bajas y muy desagradables hasta el anochecer, momento en el que estábamos situados detrás de la última cresta, por encima de Tell Shahm, la segunda estación al norte de Mudowwara.
Habíamos hablado vagamente de volar un tren con dinamina, pero el terreno era demasiado abierto y los blocaos enemigos, numerosos. En su lugar, decidimos atacar una pequeña posición fortificada situada exactamente enfrente de nuestro escondite.
Así que, tarde en la mañana de Año Nuevo —un día tan fresco como un buen día de verano en Inglaterra—, después de un agradable desayuno, rodamos suavemente por una llanura pedregosa hasta un montecillo que dominaba el puesto turco. Joyce y yo salimos de nuestros coches y trepamos hasta su cima para observar.