El tercer objetivo había sido la desembocadura del Jordán, junto a Jericó, antes de finales de marzo; y habría sido un hermoso proyecto, de no ser por la parálisis que el clima y la aversión al dolor nos habían infundido desde el rojo día de Hesa.
Las condiciones en Tafila habían mejorado. Faisal nos había enviado munición y comida. Los precios bajaron, a medida que los hombres empezaron a confiar en nuestra fuerza. Las tribus de los alrededores de Kerak, en contacto diario con Zeid, se proponían unirse a él en armas tan pronto como avanzara.
Justo esto, sin embargo, no pudimos hacerlo. La potencia del invierno empujó a líderes y hombres hacia la aldea y los amontonó en una deslucida ociosidad contra la cual los consejos de movimiento servían de poco.
En verdad, la Razón también estaba bajo techo.
Dos veces me aventuré a subir para probar la meseta cargada de nieve, sobre cuya superficie llana los turcos muertos, pobres bollos marrones de ropa endurecida, yacían esparcidos; pero la vida allí no era tolerable.
De día des helaba un poco y de noche se helaba. El viento rajaba la piel: los dedos perdían fuerza y sentido del tacto; las mejillas temblaban como hojas muertas hasta que ya no podían temblar más, y entonces contraían sus músculos en un dolor necio.
Emprender la marcha sobre la nieve en camellos, bestias singularmente torpes en terrenos resbaladizos, habría sido ponernos a merced de cualquier grupo de jinetes, por pequeño que fuera, que quisiera oponérsenos; y, a medida que los días se arrastraban, hasta esta última posibilidad se desvaneció. La cebada escaseaba en Tafila, y nuestros camellos, ya apartados por el clima del pastoreo natural, se vieron ahora también privados de alimento