Los partidos de la noche regresaron, cargados de botín. Ezraa había sido débilmente defendido por Abd el Kader, el argelino, con sus vasallos, algunos voluntarios y tropas. Cuando llegó Talal, los voluntarios se le unieron, las tropas huyeron y los vasallos eran tan pocos que Abd el Kader tuvo que abandonar el lugar sin presentar batalla. Los nuestros iban demasiado cargados con su gran botín como para alcanzarlo.
Llegó Auda, fanfarroneando. Había tomado el Ghazale por asalto, capturando un tren abandonado, artillería y dos hombres, entre los cuales había algunos alemanes. Nuri Shaalan informó de cuatro cientos prisioneros con mulas y ametralladoras. La tropa turca había sido distribuida en aldeas remotas para ganarse el sustento.
Un aeroplano inglés volaba en círculos, preguntándose si éramos la fuerza árabe. Young desplegó señales en tierra, y desde el aparato le lanzaron un mensaje informando que Bulgaria se había rendido a los Aliados.
No habíamos sabido que hubiera una ofensiva en los Balcanes, de modo que la noticia llegó desvinculada y, por decirlo así, carente de importancia para nosotros.
Sin duda el final, no sólo de la gran guerra, sino de nuestra guerra, estaba cerca. Un esfuerzo decidido, y nuestra prueba habría terminado y cada cual sería devuelto a sus asuntos, olvidando la locura: puesto que para la mayoría de nosotros era la primera guerra, y aguardábamos su fin como descanso y paz.
El ejército había llegado. Los bosquecillos se abarrota ron a medida que cada destacamento elegía el mejor lugar desocupado y desensillaba, ya fuera junto a las higueras, o bajo las palmeras, o los olivos, de los cuales las aves salían en desbandada en nubes aterrorizadas, con un vocerío multitudinario.