Mientras tanto, nos quedaríamos con Ali abu Fitna, avanzando suavemente hacia el norte con él rumbo a Nebk, donde Auda diría a todos los Abu Tayi que se reunieran. Estaría de vuelta de Nuri antes de que se unieran. Este era el asunto, y cargamos seis sacos de oro en las alforjas de Auda, y se marchó. Después, los jefes de los Fitenna se presentaron ante nosotros y dijeron que se sentían honrados de agasajarnos con un banquete dos veces al día, por la mañana y al atardecer, mientras permaneciéramos con ellos; y hablaban en serio. La hospitalidad de los Howeitat era ilimitada —nada de mezquindades de tres días para ellos según la ley nominal del desierto—, insistente, y no nos dejaba vía de escape honrosa de la totalidad del sueño nómada de bienestar.
Cada mañana, entre las ocho y las diez, un pequeño grupo de yeguas de pura sangre bajo una variedad de guarniciones imperfectas llegaba a nuestro campamento, y en ellas Nasir, Nesib, Zeki y yo montábamos, y con tal vez una docena de nuestros hombres a pie avanzábamos solemnemente por el valle por los senderos de arena entre los arbustos.
Nuestros caballos eran llevados del diestro por nuestros sirvientes, ya que habría sido impropio cabalgar con soltura o velocidad. Así, al cabo llegábamos a la tienda que iba a ser nuestro salón de banquetes por ese tiempo; cada familia nos reclamaba a su turno, y se ofendía amargamente si Zaal, el juez, prefería a una alterando el orden justo.
Al llegar, los perros salían corriendo a nuestro encuentro y los espectadores los ahuyentaban —siempre se había reunido una multitud en torno a la tienda elegida—, y entrábamos bajo las cuerdas hacia la mitad destinada a los huéspedes, hecha muy grande para la ocasión y cuidadosamente provista de su cortina divisoria en el lado soleado para