Hombres, mujeres y niños peleaban como perros por cada objeto. Puertas y ventanas, marcos de puertas y de ventanas, e incluso los peldaños de las escaleras, fueron arrancados. Un optimista voló la caja fuerte y encontró sellos de correos dentro. Otros destrozaron la larga fila de vagones en la vía muerta para hallar toda clase de mercancías. Toneladas fueron llevadas. Aún más quedaron esparcidas en ruinas por el suelo.
Young y yo cortamos el telégrafo, aquí una importante red de líneas troncales y locales, que era en realidad el principal enlace del ejército de Palestina con su patria. Era agradable imaginar la nueva maldición de Liman von Sandars, en Nazaret, a medida que cada cable seccionado rebotaba con un chasquido al soltarse de las tijeras. Lo hicimos despacio, con ceremonia, para prolongar la indignación.
La desesperada falta de iniciativa de los turcos convertía a su ejército en uno «dirigido», de modo que al destruir los telégrafos avanzamos mucho en el propósito de transformarlo en una turba sin líderes.
Después del telégrafo volamos los cambios de vía y plantamos tulipanes: no muchísimos, pero los suficientes para molestar. Mientras trabajábamos, una locomotora ligera bajó por la línea desde Deraa en misión de patrulla. El estruendo y las nubes de polvo de nuestros tulipanes la perturbaron. Se retiró discretamente. Más tarde nos visitó un aeroplano.
Entre el material rodante capturado, sobre plataformas de vagones, había dos camiones repletos de exquisiteces para alguna cantina alemana. Los árabes, desconfiando de las latas y las botellas, lo habían estropeado casi todo: pero conseguimos algunas sopas y carne, y más tarde Nuri Said nos