el hermano de Jalid, con una buena mitad de los anazeh, había cabalgado para comprobarlo. Temía un revés para él, ya que aún debía de haber turcos en el lugar, y más luchando por llegar hasta allí por el ferrocarril y a través de las colinas de Irbid. En efecto, a menos que Barrow, de quien se nos informó por última vez que se había retrasado en Remthe, hubiera perdido el contacto con su enemigo, todavía debía de haber una retaguardia en combate que los siguiera.
Quería que Jalid apoyara a su hermano. Tras una hora o dos de gritar su mensaje al viento, cientos de jinetes montados a caballo y en camello se habían unido a él. De camino a Deraá cargó a través y por encima de varios destacamentos turcos bajo el parpadeo de las estrellas, y llegó para descubrir que Trad tenía el control seguro. Se había abierto paso en el crepúsculo avanzado, tomando la estación al galope, saltando trincheras y borrando del mapa a los escasos elementos turcos que aún intentaban resistir.
Con ayuda local, los rualla saquearon el campamento, hallando especialmente botín en los almacenes que ardían con fiereza, cuyos techos llameantes ponían en peligro sus vidas; pero aquella era una de esas noches en las que la humanidad enloquecía, en las que la muerte parecía imposible, por muchos que murieran a diestra y siniestra, y en las que las vidas ajenas se convertían en juguetes que romper y tirar.
El jeque Saad pasó una tarde turbulenta de alarmas, disparos y gritos, con amenazas de los campesinos de asesinar a los prisioneros como precio añadido por Tallal y su aldea.
Los jeques activos andaban cazando a los turcos, y su ausencia, junto con la de sus vasallos, privó al campamento árabe de sus jefes experimentados y de sus ojos y oídos.
Las rencillas latentes entre los clanes habían despertado en la sed de sangre de la tarde de matanza, y Nasir y Nuri Said, Young y Winterton tuvieron que esforzarse al máximo para mantener la paz.