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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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anhelo durante toda mi vida —el poder de la expresión personal en alguna forma imaginativa—, pero había sido demasiado disperso para adquirir jamás una técnica. Al fin el azar, con perverso humor, al encasillarme como hombre de acción me había dado un puesto en la Revuelta Árabe, un tema ya preparado y épico para una mirada y una mano directas, ofreciéndome así una válvula de escape en la literatura, el arte sin técnica. Tras lo cual empecé a entusiasmarme únicamente con la mecánica. El modo épico me era ajeno, como a mi generación. La memoria no me daba ninguna clave de lo heroico, de modo que no podía sentir a hombres como Auda dentro de mí. Él me parecía tan fantástico como las colinas de Rumm, tan viejo como Mallory.

Entre los árabes yo era el desilusionado, el escéptico, que envidiaba su fe barata. La farsa imperceptible parecía un vestido tan a la medida y apropiado para el hombre de pacotilla. Los ignorantes, los superficiales, los engañados eran los felices entre nosotros. Por nuestra estafa se veían enaltecidos. Pagamos por ellos nuestro respeto propio, y ellos obtuvieron el sentimiento más profundo de sus vidas.

Cuanto más nos condenábamos y despreciábamos a nosotros mismos, más podíamos enorgullecernos cínicamente de ellos, nuestras criaturas. Era tan fácil sobrevalorar a los demás: tan imposible rebajar sus motivos al nivel de nuestra propia verdad despiadada. Eran nuestros incautos, combatiendo de todo corazón al enemigo. Volaban ante nuestras intenciones como la paja, sin ser paja, sino los más bravos, sencillos y alegres de los hombres.

¿Credo quia sum?

Pero, ¿acaso el ser creído por muchos no propiciaba una rectitud distorsionada? La acumulación conjunta de las esperanzas devotas de años procedentes de multitudes miopes podría dotar incluso a un ídolo reacio de la Divinidad, y fortalecerla cada vez que los hombres le rezaban en silencio.

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