Apresuradamente amontonamos algodón pólvora contra los pilares, que tenían unos cinco pies de espesor y veinticinco de altura; un buen puente, mi septuagésimo noveno, y de máxima importancia estratégica, ya que íbamos a acampar frente a él, en Umtaiye, hasta que Allenby avanzara y nos relevara. Así que había decidido no dejar piedra sobre piedra.
Nuri, entretanto, apresuraba a la infantería, a los artilleros y a los ametralladores en la penumbra cada vez más densa, hacia la línea, con órdenes de avanzar una milla más allá hacia el desierto, formarse en columna y esperar.
Sin embargo, el paso de tantos camellos por la vía debe de resultar tediosamente largo. Nos sentamos y nos impacientamos bajo el puente, cerillas en mano, para encender de inmediato (a pesar de las tropas) si había una alarma. Afortunadamente todo salió bien, y al cabo de una hora Nuri me dio su señal. Medio minuto después (¡mi preferencia por las mechas de quince centímetros!), justo cuando caía dentro del reducto turco, las ochocientas libras de material estallaron en una sola detonación, y el aire negro se llenó del silbido de las piedras voladoras. La explosión resultó ensordecedora desde mis veinte metros de distancia y debió de haberse oído a mitad de camino de Damasco.
Nuri, muy angustiado, fue a buscarme. Había dado la señal de «vía libre» antes de enterarse de que faltaba una compañía de infantería montada. Por fortuna, mis guardias estaban deseosos de redimirse. Talal el Hareidhin se los llevó con él a los cerros, mientras Nuri y yo nos quedábamos junto al abismo humeante que había sido el puente, agitando una linterna eléctrica para darles un punto de referencia en su regreso.
Mahmud volvió al cabo de media hora conduciendo triunfalmente a la unidad perdida. Hicimos unos disparos para llamar a los otros