Mediante esa participación constante en los consejos del hogar crecían como maestros de la expresión, dialécticos, oradores, capaces de sentarse con dignidad en cualquier asamblea y nunca faltos de palabras elocuentes. Los pastores se perdían todo esto. Desde la infancia seguían su oficio, que los llevaba en todas las estaciones y tiempos, de día y de noche, a los cerros y los condenaba a la soledad y a la compañía bruta. En el desierto, entre los huesos secos de la naturaleza, crecían naturales, sin saber nada del hombre y sus asuntos; apenas cuerdos en la conversación ordinaria; pero muy sabios en plantas, animales salvajes y en las costumbres de sus propias cabras y ovejas, cuya leche era su principal sustento. Con la virilidad se volvían huraños, mientras unos pocos se tornaban peligrosamente salvajes, más animales que hombres, merodeando junto a los rebaños y encontrando en ellos la satisfacción de sus apetitos adultos, con exclusión de afectos más lícitos.
Durante horas después de que el pastor fuera silenciado, solo el sol se movía ante nuestra vista. A medida que ascendía, nos acomodamos las capas para filtrar su inclemencia y nos regalamos un calor suntuoso. La apacible colina me devolvió algo de aquel interés por los sentidos que había perdido desde que enfermara. Pude observar una vez más el típico paisaje serrano, con sus crestas de piedra dura, sus laderas de roca desnuda y las pendientes inferiores de pedregal suelto y deslizante que, a medida que se acercaban a la base, se compactaban en un suelo delgado y seco. La piedra en sí era un material brillante, amarillo, tostado por el sol; de sonido metálico y quebradiza; que se fragmentaba en tonos rojos, verdes o marrones según el caso.