superficies expuestas hasta darles una suavidad picada como la piel de naranja, y la luz del sol había descolorido su azul hasta convertirlo en un gris sin esperanza.
Entre los cráteres el basalto yacía esparcido en pequeños tetraedros, con los ángulos frotados y redondeados, piedra contra piedra como teselas sobre un lecho de barro amarillo rosáceo.
Las sendas abiertas a través de estos llanos por el constante paso de los camellos eran muy evidentes, ya que la pisada perezosa había empujado los bloques a ambos lados del camino, y el barro ligero del tiempo lluvioso había corrido hacia estas hondonadas y ahora las incrustaba pálidamente contra el azul.
Los caminos menos transitados durante cientos de yardas eran como estrechas escaleras sobre los campos de piedra, pues la huella de cada pie se llenaba de limpio barro amarillo, y entre cada punto de apoyo permanecían crestas o barras de piedra azul grisácea.
Tras un trecho de semejante pavimentación de piedra vendría un campo de cenizas de basalto negro como el azabache, firme como el hormigón en el barro cocido por el sol, y después un valle de arena negra y blanda, con más riscos de arenisca erosionada surgiendo de la negrura, o de olas de los granos rojos y amarillos, soplados por el viento, de su propia descomposición.
Nada en la marcha era normal ni tranquilizador. Sentíamos que nos encontrábamos en una tierra ominosa, incapaz de albergar vida, hostil incluso al tránsito de la vida, salvo de manera penosa a lo largo de los escasos caminos que el tiempo había trazado sobre su superficie. Nos vimos obligados a marchar en fila india de camellos fatigados, avanzando con pasos titubeantes entre los pedruscos hora tras hora.