Prácticamente estaba proponiendo que utilizáramos a los árabes del Haurán para permitirnos llegar a Jericó, a mitad de camino hacia nuestra meta de Damasco.
Feisal aceptó la propuesta y me dio cartas para su padre en las que se la aconsejaba. Por desgracia, el viejo estaba, por entonces, poco dispuesto a seguir sus consejos, debido a un odio enfermizo hacia este hijo al que le iban demasiado bien las cosas y al que los británicos ayudaban desproporcionadamente. Para tratar con el Rey confiaba en la acción conjunta de Wingate y Allenby, sus pagadores.
Decidí subir a Egipto en persona para instarlos a que le escribieran cartas con la firmeza necesaria. En El Cairo, Dawnay accedió tanto al traslado de los regulares del sur como a la ofensiva independiente. Fuimos a ver a Wingate, lo discutimos y lo convencimos de que las ideas eran buenas. Le escribió cartas al rey Husein, aconsejándole encarecidamente el reforzamiento de Faysal.
Le insistí en que le dejara claro al Rey que la continuidad de un subsidio de guerra dependería de que pusiera en práctica nuestros consejos; pero él se negó a ser riguroso y redactó la carta en términos de cortesía, que se perderían por completo ante el viejo, duro y desconfiado de La Meca.
Sin embargo, el esfuerzo prometía tanto para nosotros que fuimos a ver a Allenby para rogarle su ayuda con el Rey. En el C. G., sentimos una diferencia notable en el ambiente. El lugar estaba, como siempre, rebosante de energía y esperanza, pero ahora la lógica y la coordinación se manifestaban en un grado inusual. Allenby tenía una extraña ceguera de juicio al elegir a los hombres, debida en gran parte a su grandeza positiva, que hacía que las buenas cualidades de sus subordinados parecieran superfluas; pero Chetwode, insatisfecho, había intervenido de nuevo al situar a Bartholomew, su propio jefe de Estado Mayor, en el tercer puesto de la jerarquía.