aburría. Sin embargo, el jerife Shakir, su primo y segundo al mando, se sintió presa del entusiasmo y nos consiguió autorización para hacer de las nuestras. A Shakir le encantaban los ateiba y juraba que eran la mejor tribu del mundo; así que acordamos llevarnos principalmente a ateibas. Luego pensamos que podríamos contar con un cañón de montaña, uno de los veteranos Krupp del ejército egipcio, que Feisal le había enviado a Abdulla desde Wejh como regalo.
Shakir prometió reunir la fuerza, y acordamos que yo iría delante (con cuidado, como correspondía a mi debilidad) en busca de un objetivo. El más cercano y grande era la estación de Aba el Naam.
Conmigo iban Raho, oficial argelino del ejército francés y miembro de la misión de Bremond, un tipo muy trabajador y honesto. Nuestro guía era Mohammed el Kadhi, cuyo anciano padre, Dakhil-Allah, magistrado hereditario de los Juheina, había guiado a los turcos hasta Yenbo en diciembre pasado. Mohammed tenía dieciocho años, de carácter sólido y silencioso.
El Jerife Fauzan el Harith, el famoso guerrero que había capturado a Eshref en Janbila, nos escoltaba, junto con unos veinte ateibas y cinco o seis aventureros juheinas.
Partimos el veintiséis de marzo, mientras sir Archibald Murray atacaba Gaza, y descendimos por el uadi Ais; pero al cabo de tres horas el calor pudo conmigo y nos detuvimos junto a un gran árbol sidr (un azufaifo, aunque escaseaban los frutos) para descansar bajo su sombra durante las horas del mediodía. Los árboles sidr proyectan una sombra densa: soplaba un fresco viento del este y había pocas moscas. El uadi Ais era frondoso en acacias y