Parecía inconsciente; pero, al desmontar nosotros, nos saludó y luego enmudeció, sumido en esa soledad que abatía a los hombres que creían cercana la muerte. Le desgarramos la ropa y examinamos inútilmente la herida. La bala lo había atravesado por completo y su columna parecía lesionada. Los árabes dijeron de inmediato que le quedaban pocas horas de vida.
Intentamos moverlo, pues estaba indefenso, aunque no mostraba dolor. Intentamos detener la hemorragia amplia y lenta, que hacía salpicaduras de adormidera en la hierba; pero parecía imposible, y al cabo de un rato nos dijo que lo dejáramos en paz, pues se estaba muriendo, y feliz de morir, ya que no tenía apego a la vida.
En verdad, desde hacía tiempo lo había tenido, y los hombres muy cansados y afligidos a menudo se enamoran de la muerte, de esa debilidad triunfal que regresa a casa tras haber sido vencida la fuerza en una última batalla.
Mientras nos atareábamos en torno a él, Abd el Latif dio la alarma. Podía ver a unos cincuenta turcos que avanzaban por la línea hacia nosotros y, poco después, se oyó una vagoneta a motor que venía del norte.
Éramos solo dieciséis hombres y teníamos una posición insostenible. Dije que debíamos retirarnos inmediatamente, llevándonos a Farraj con nosotros. Intentaron levantarlo, primero en su capa y luego en una manta; pero el conocimiento le estaba volviendo y gritaba de forma tan conmovedora que no tuvimos el valor de hacerle más daño.
No podíamos dejarlo donde estaba, a merced de los turcos, porque les habíamos visto quemar vivos a nuestros infelices heridos. Por esta razón todos estábamos de acuerdo, antes de la acción, en rematarnos los unos a los otros si estábamos malheridos: pero nunca me había dado cuenta de que pudiera tocarme a mí matar a Farraj.