breve. Yo había subido para averiguar el motivo, no del todo indispuesto a que se dejara vivir a este remanente como testigos del precio de Tallal; pero un hombre en el suelo detrás de ellos le gritó algo a los árabes, quienes con rostros pálidos me llevaron de la mano para que lo viera. Era uno de los nuestros, con el muslo destrozado. La sangre había brotado sobre la tierra roja, dejándolo moribundo; pero ni aun así se le había perdonado la vida. A la manera de la batalla de hoy, había sido además atormentado con bayonetas clavadas a martillazos a través de su hombro y de la otra pierna contra el suelo, fijándolo como a un insecto de colección.
Estaba totalmente consciente. Cuando dijimos: «Hassan, ¿quién lo ha hecho?», bajó los ojos hacia los prisioneros, que se acurrucaban juntos con un desamparo absoluto.
No dijeron nada en los momentos previos a que abriéramos fuego. Por fin su montón dejó de moverse; y Hassan estaba muerto; y volvimos a montar y cabalgamos despacio hacia casa (la casa era mi alfombra, a tres o cuatro horas de nosotros en Sheikh Saad) en la penumbra, que se sentía tan gélida ahora que se había puesto el sol.
Sin embargo, entre heridas, dolores y cansancio, no podía dejar de pensar en Tallal, el espléndido líder, el excelente jinete, el cortés y fuerte compañero de camino; y al cabo de un rato hice que me trajeran mi otro camello y, con uno de mis guardaespaldas, cabalgué hacia la noche para unirme a nuestros hombres que perseguían a la columna principal de Deraa.
Estaba muy oscuro, con un viento que soplaba en grandes ráfagas desde el sur y el este; y solo por el ruido de los disparos que nos llegaba arrastrado y por los ocasionales destellos de los cañones, dimos al fin con el combate. Cada campo y cada valle tenían a sus turcos tropezando ciegamente hacia el norte. Los nuestros resistían aferrados al terreno. La caída de la noche