cualquier crueldad hacia ellos, y el precepto de la fe según el cual manumitir a un esclavo es una buena obra significaba en la práctica que casi todos acababan obteniendo la libertad. Si eran ingeniosos, ganaban un dinerillo durante su servicio. Los que yo vi tenían propiedades y se declaraban contentos. Cultivaban melones, calabacines, pepinos, uvas y tabaco por cuenta propia, además de los dátiles, cuyo excedente se enviaba al Sudán en falúas de vela y allí se intercambiaba por grano, ropa y artículos de lujo de África o Europa.
Pasado el calor del mediodía volvimos a montar y remontamos el arroyo claro y lento hasta que quedó oculto entre los palmerales, tras sus bajos muros medianeros de arcilla seca al sol.
Entre las raíces de los árboles se habían cavado pequeños canales de uno o dos pies de profundidad, ideados de tal modo que el caudal pudiera desviarse hacia ellos desde el cauce de piedra y regar cada árbol a su turno.
El caudal de agua pertenecía a la comunidad y se distribuía entre los propietarios de tierras por tantos minutos o horas, diaria o semanalmente, según el uso tradicional.
El agua era un poco salobre, como convenía a las mejores palmeras; pero era bastante dulce en los pozos de agua privada dentro de los bosquecillos. Estos pozos eran muy frecuentes y hallaban agua a tres o cuatro pies bajo la superficie.
Nuestro camino nos llevó por el pueblo central y su calle del mercado. Había poco en las tiendas; y todo el lugar parecía decadente. Hace una generación, Wasta era populosa (decían que de mil casas); pero un día rodó una enorme pared de agua por el Wadi Safra, los diques de muchos huertos de palmeras fueron rotos y las palmeras arrastradas. Algunas de las isletas sobre las que las casas se habrían alzado durante siglos quedaron sumergidas, y las casas de adobe volvieron a fundirse en lodo, matando o ahogando a los desdichados esclavos que había dentro. Los hombres