que habían vuelto a buscarme. Les grité bromas y burlas por abandonar a un amigo en el desierto. Auda se besó la barba y gruñó que, de haber estado él presente, yo jamás habría regresado. Gasim fue trasladado entre insultos a la almohadilla de la silla de montar de un jinete mejor, y avanzamos juntos al trote corto.
Auda señaló a la patética figura encorvada y me denunció: «¡Por esa cosa, que no vale lo que un camello...». Le interrumpí diciendo: «No vale media corona, Auda», y él, regocijándose en su mente simple, se acercó a Gasim y lo golpeó con fuerza, intentando hacerle repetir su precio como un loro. Gasim mostró sus dientes rotos en una mueca de rabia y luego siguió taciturno.
Al cabo de otra hora estábamos tras los camellos de carga, y mientras avanzábamos a lo largo de la curiosa fila de nuestra caravana, Auda repitió mi broma a cada par, tal vez unas cuarenta veces en total, hasta que hube comprobado del todo su poca gracia.
Gasim explicó que se había apeado para hacer sus necesidades, y que luego había perdido de vista al grupo en la oscuridad; pero, evidentemente, se había quedado dormido donde desmontó, vencido por la fatiga de nuestra lenta y calurosa marcha.
Nos reunimos con Nasir y Nesib en la vanguardia. Nesib estaba molesto conmigo por poner en peligro la vida de Auda y la mía por un capricho. Le parecía evidente que yo contaba con que volverían por mí. Nasir se mostró consternado ante su visión mezquina, y Auda se regocijó restregándole a un hombre de la ciudad la paradoja entre la tribu y la urbe; la responsabilidad colectiva y la hermandad grupal del desierto, en contraste con el aislamiento y la vida competitiva de las regiones superpobladas.
Sobre este pequeño asunto habían pasado las horas, y el resto del día no pareció tan largo; aunque el calor empeoró y el chorro de arena