El segundo relacionaba a Auda con el complot. Esto nos consternó. Wilson había viajado con Auda y se había formado el juicio inevitable de su perfecta sinceridad; sin embargo, Mohamed el Dheilan era capaz de jugar a doble banda, y Ben Jad y sus amigos aún ofrecían dudas. Nos preparamos para partir inmediatamente hacia Áqaba. No se había tomado en cuenta la traición cuando Nasir y yo habíamos trazado nuestro plan para la defensa de la ciudad.
Por fortuna el Hardinge estaba en el puerto para nosotros. A la tercera tarde estábamos en Ácaba, donde Naser no tenía la menor idea de que algo fuera mal. Le hablé únicamente de mi deseo de saludar a Auda; me prestó un camello veloz y un guía; y al amanecer encontramos a Auda, a Mohamed y a Zaal, los tres en una tienda en Gweira. Se quedaron desconcertados cuando me planté ante ellos, sin anunciarme, pero aseguraron que todo iba bien. Comimos juntos como amigos.
Llegaron otros de los howeitat, y hubo una alegre charla sobre la guerra.
Repartí los regalos del Rey; y les conté, entre risas de todos, que Nasir había conseguido su mes de permiso para La Meca.
El Rey, un entusiasta de la revuelta, creía que sus servidores debían trabajar con la misma hombría. Así que no permitía visitas a La Meca, y los pobres hombres consideraban el continuo servicio militar un pesado destierro de sus esposas.
Habíamos bromeado un centenar de veces con que, si tomaba Áqaba, Nasir se merecería unas vacaciones; pero él no había creído realmente en su llegada hasta que le entregué la carta de Husein la noche anterior. En señal de gratitud me vendió a Ghazala, la camella real que le había ganado a los howeitat. Como su dueño, adquirí un nuevo interés para los abu tayi.