A través del espejismo de calor que parpadeaba sobre los relucientes pedernales de la cresta veíamos, al principio, tan solo la masa marrón y nudosa de la columna, oscilando en la bruma.
A medida que se acercaba, las masas solían dividirse en pequeños grupos, que se balanceaban; separándose y fundiéndose unos con otros.
Por fin, al estar cerca de nosotros, distinguíamos a los jinetes individuales, como grandes aves acuáticas con el pecho sumergido en el espejismo plateado, con la figura atlética y magníficamente montada de Buxton al frente de sus hombres, bronceados, risueños y vestidos de caqui.
Era curioso ver cuán de distintos modos cabalgaban.
Unos iban con naturalidad, a pesar de la torpe silla; otros sacaban las posaderas y se inclinaban hacia adelante como los aldeanos árabes; otros se dejaban caer ladeados en la silla como si fueran australianos montando a caballo.
Mis hombres, a juzgar por las apariencias, estaban inclinados a mofarse. Les conté cómo de entre esos tres anónimos centenares elegiría a cuarenta tipos capaces de superar a caballo, en el combate y en el sufrimiento a cualesquiera otros cuarenta hombres del ejército de Faisal.
Al mediodía, junto a Ras Muheiwer, nos detuvimos una hora o dos, pues aunque el calor de hoy era menor que el de Egipto en agosto, Buxton no deseaba obligar a sus hombres a marchar bajo él sin un descanso. Los camellos fueron soltados, mientras nosotros yacíamos allí, almorzábamos e intentábamos dormir, desafiando a la multitud de moscas que habían marchado con nosotros desde Bair en colonias sobre nuestras espaldas sudorosas. Mientras tanto, mi guardia personal pasó por allí, maldiciendo por la indignidad de arrear equipaje, fingiendo no haber sufrido jamás tal