Cuando el último hubo entrado con un susurro, Faisal les dijo que Dios había enviado los medios para la victoria: dos mil camellos de montar. Nuestra guerra iba a marchar sin pausa hacia la libertad, su final triunfante. Murmuraron con asombro; haciendo lo posible, como grandes hombres, por mantener la calma; mirándome de reojo para adivinar mi parte en el acontecimiento. Dije: «La generosidad de Allenby...» Zaal interrumpió raudo en nombre de todos: «Dios conserve su vida y la tuya». Respondí: «Hemos sido hechos vencedores», me puse de pie, con un «con su permiso» para Faisal, y me deslicé afuera para avisarle a Joyce. A mis espaldas prorrumpieron en palabras salvajes sobre sus futuras y aún más salvajes hazañas: infantiles, tal vez, pero sería una bonita guerra aquella en la que cada hombre no sintiera que la estaba ganando él.
Joyce también se alegró y se calmó con la noticia de los dos mil camellos. Soñábamos con el uso al que debían destinarse: