Su distancia vendría a ser de unas seis mil yardas; pero las espoletas de su metralla eran antigüedades de la Guerra de los Boers, llenas de moho verdoso, y, si estallaban, a veces lo hacían antes de tiempo en el aire y a veces rozando el suelo. Sin embargo, no tenía medios para retirar su munición si las cosas salían mal, así que disparaba a toda velocidad, soltando carcajadas ante semejante modo de hacer la guerra; y los hombres de la tribu, al ver al comandante tan alegre, cobraron nuevos ánimos.
«Por Dios —dijo uno—, esas son las armas de verdad: ¡la Importancia de su ruido!».
Rasim juraba que los turcos morían a montones; y los árabes cargaron hacia adelante con entusiasmo a su palabra.
Las cosas iban bien; y Feisal abrigaba la esperanza de un éxito decisivo cuando de pronto su ala izquierda en el valle vaciló, se detuvo; finalmente le dio la espalda al enemigo y se retiró tumultuosamente hacia el campamento.
Feisal, en el centro, galopó hacia Rasim y le gritó que los Juheina habían roto la línea y que debía salvar los cañones. Rasim enganchó las yuntas y se marchó al trote hacia el uadi Agida, donde los egipcios deliberaban con temor los unos con los otros.
Tras él afluyeron los Ageyl y los Atban, los hombres de Ibn Shefia, los Harb y los Biasha. Feisal y su séquito formaron la retaguardia, y en deliberada procesión descendieron hacia Yenbo, dejando a los Juheina con los turcos en el campo de batalla.
Mientras aún oía hablar de este triste final, y maldecía con él a los traidores hermanos Beidawi, hubo un revuelo junto a la puerta, y Abd el Kerim se abrió paso entre los esclavos, subió de un salto al estrado, besó el cordón de la cabeza de Feisal en señal de saludo y se sentó junto a nosotros.