Luego nos acostamos y dormimos una noche entera de gran satisfacción, escuchando el repiqueteo de la lluvia sobre la doble lona de su tienda meca.
Por la mañana partimos al alba, masticando un puñado de pan de Sal-eh. Al poner el pie en la cuesta, Serj miró hacia arriba y dijo: «La montaña lleva puesta su solideo».
Había una blanca cúpula de nieve en cada cresta, y los ateiba ascendieron apresurados y curiosos por el desfiladero para palpar con sus manos esta nueva maravilla.
Los camellos, también ignorantes, estiraron sus lentos cuellos hacia abajo para olfatear su blancura dos o tres veces con cansada curiosidad; pero luego retiraron las cabezas y volvieron a mirar al frente sin un interés vital.
Nuestra inactividad duró solo un instante más; pues, al asomar las cabezas por el último risco, un viento del nordeste nos dio de pleno, con un frío tan repentino y mordaz que nos dejó sin aliento y nos hizo retroceder a toda prisa en busca de resguardo.
Parecía como si fuera mortal enfrentarse a él; pero sabíamos que eso era una tontería: así que nos armamos de valor y cabalgamos con fuerza a través de su rigor extremo hasta el semirrefugio del valle.
Serj y Rameid, aterrorizados por estos nuevos dolores en los pulmones, creían que se estaban asfixiando; y para ahorrarles el conflicto mental de pasar junto a un campamento amigo, desvié a nuestro pequeño grupo tras la colina de Maulud, de modo que no vimos nada de su curtida fuerza.
Estos hombres de Maulud llevaban acampados en este lugar, a cuatro mil pies sobre el mar, dos meses sin relevo.