Cuando los camellos se negaban de ese modo, se dejaban morir en el sitio, al cabo de unos días; y temí haber hallado ahora el límite del esfuerzo en las camellas. Me sumergí hasta el cuello frente a ella e intenté sacarla a rastras, en vano. Luego pasé un buen rato golpeándola por detrás. Monté, y ella se sentó. Salté, la puse en pie y me pregunté si, tal vez, se debería a que el ventisquero era demasiado espeso.
Así que le labré un caminito hermoso, de un pie de ancho, tres de profundidad y dieciocho pasos de largo, usando mis manos y pies descalzos como herramientas. La nieve estaba tan helada en la superficie que hizo falta todo mi peso primero para romperla y luego para cavarla. La costra era filosa y me cortó las muñecas y los tobillos hasta que sangraron abundantemente, y la orilla del camino quedó bordeada de cristales rosados, que parecían pulpa de sandía pálida, muy pálida.
Después volví con Wodheiha, que seguía allí pacientemente, y monté en la silla. Arrancó con facilidad.
Salimos a galope tendido hacia el obstáculo, y tal fue su velocidad que el impulso la llevó justo por encima de la zona poco profunda, de regreso al camino correcto.
Subimos por este con cautela, yo a pie, tanteando el sendero de delante con mi bastón o abriendo nuevos pasos cuando los ventisqueros eran profundos.
En tres horas estuvimos en la cumbre, y la encontramos azotada por el viento en la vertiente occidental.
Así que dejamos la pista y avanzamos a tropezones e inseguros por la cresta sumamente quebrada, contemplando las casas a cuadros de la aldea de Dana, hacia el soleado Arabah, fresco y verde, miles de pies más abajo.
Cuando la cresta ya no sirvió de nada, realizamos un nuevo y arduo trabajo, y al fin Wodheiha se plantó de nuevo. La cosa se ponía seria, pues