me permitían, cuando los muecines comenzaron a lanzar su llamada para la última oración a través de la noche húmeda sobre las iluminaciones de la ciudad festiva. Uno de ellos, con una voz vibrante de especial dulzura, clamó hacia mi ventana desde una mezquita cercana. Me sorprendí distinguiendo involuntariamente sus palabras: > «Dios solo es grande: atestiguo que no hay más dioses que Dios y Mahoma es su Profeta. Venid a la oración; venid a la salvación. Dios solo es grande: no hay más dios que
Al final bajó la voz dos tonos, casi hasta el nivel de la conversación, y añadió suavemente: «Y Él es muy bueno con nosotros en este día, oh pueblo de Damasco».
El clamor enmudeció, pues todos parecieron obedecer la llamada a la oración en esta su primera noche de perfecta libertad. Mientras mi imaginación, en la abrumadora pausa, me mostraba mi soledad y la falta de sentido que para mí tenía su movimiento: puesto que solo para mí, de todos los oyentes, el acontecimiento era doloroso y la frase carecía de significado.