nos detuvisteis —o detuvimos— por completo, mucho después de medianoche; y yo estaba envuelto en mi capa y dormido en una pequeña y comodísima tumba de arena antes de que Tafas hubiera terminado de maniatar por una rodilla a mi camello.
Tres horas más tarde nos pusimos en marcha de nuevo, ayudados ahora por el último brillo de la luna. Marchamos cañada abajo por el Wadi Mared, con la noche muerta, calurosa, silenciosa, y a cada lado colinas de puntiagudas cimas erguidas en negro y blanco dentro del aire exhausto.
Había muchos árboles.
El alba finalmente nos alcanzó al salir de las gargantas hacia un paraje ancho, sobre cuyo suelo llano un viento intranquilo trazaba círculos, caprichosamente, en el polvo. El día cobraba fuerza sin cesar y mostraba ahora Bir ibn Hassani justo a nuestra derecha. El pulcro asentamiento de absurdas casitas, marrones y blancas, apretadas por razones de seguridad, parecía una obra de muñecas y más solitario que el desierto, bajo la inmensa sombra del oscuro precipicio de Subh, al fondo.
Mientras lo observábamos, con la esperanza de ver vida en sus puertas, el sol se precipitaba hacia arriba, y los acantilados recortados, aquellos miles de pies sobre nuestras cabezas, quedaron perfilados en duros haces refractados de luz blanca contra un cielo aún cetrino por el fugaz amanecer.
Cabalgamos más allá del gran valle. Un camellero, locuaz y viejo, salió de las casas y trotó para unírsenos. Dijo llamarse Khallaf, con excesiva confianza. Su salutación llegó tras una pausa en su corriente trillada de charla; y cuando se le devolvió, intentó obligarnos a conversar. Sin embargo, Tafas desdeñaba su compañía y le dio respuestas cortas.