Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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VIII

en nuestro camino hacia el Consulado. En el aire, desde los hombres hasta los dátiles y de vuelta a la carne, escuadrones de moscas como partículas de polvo bailaban arriba y abajo en los rayos de sol que se afilaban hacia los rincones más oscuros de los puestos a través de las roturas en la madera y los toldos de jerga de arriba. El ambiente era como un baño. Los cueros escarlata del sillón en la cubierta del Lama habían tenido tinte en la túnica y los pantalones blancos de Storrs tan brillantes como ellos mismos en su contacto húmedo de los últimos cuatro días, y ahora el sudor que corría por su ropa comenzaba a brillar como barniz a través de la mancha. Estaba tan fascinado mirándolo que nunca noté el marrón más intenso de mi drill caqui dondequiera que tocaba mi cuerpo. Él se preguntaba si la caminata al Consulado era lo suficientemente larga como para teñirme de un color decente, sólido y armonioso; y yo me preguntaba si todo aquello en lo que se sentara llegaría a volverse tan escarlata como él.

Llegamos al Consulado demasiado pronto para abrigar esperanza alguna; y allí, en una habitación umbría con una celosía abierta a su espalda, estaba sentado Wilson, dispuesto a recibir la brisa marina que se habí retardado estos últimos días. Nos recibió con rigidez, fiel a ese tipo de ingleses honestos y directos para quienes Storrs resultaba sospechoso, aunque solo fuera por su sensibilidad artística; mientras que su trato conmigo en El Cairo había consistido en una breve discrepancia sobre si la ropa nativa suponía para nosotros una indignidad. Yo la había tachado meramente de incosteable. Para él era moralmente incorrecta. Wilson, sin embargo, a pesar de sus sentimientos personales, iba con todo en favor de la causa. Había hecho los preparativos para la inminente entrevista con Abdulla y estaba dispuesto a brindar toda la ayuda posible.

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