Nuevamente se produjo una pausa en mi trabajo y nuevamente mis pensamientos cobraron forma.
Hasta que Feisal, Yaafar, Joyce y el ejército llegaran, poco podíamos hacer salvo pensar; pero eso, para nuestro propio crédito, era el proceso esencial.
Hasta entonces nuestra guerra solo había tenido una operación premeditada: la marcha sobre Ácaba. Tal juego improvisado con los hombres y los movimientos de los que habíamos asumido el liderazgo avergonzaba nuestras mentes.
Juré saber de ahí en adelante, antes de moverme, a dónde iba y por qué caminos.
En Wejh se había ganado la guerra del Hiyaz: tras Áqaba, había concluido. El ejército de Faisal se había librado de sus obligaciones en Arabia y ahora, bajo las órdenes del general Allenby, el comandante en jefe conjunto, su papel consistía en tomar parte en la liberación militar de Siria.
La diferencia entre el Hiyaz y Siria era la diferencia entre el desierto y las tierras cultivadas. El problema que se nos planteaba era de carácter: aprender a hacernos civiles. La aldea de Wadi Musa fue nuestro primer reclutamiento de campesinos. A menos que nos volviéramos campesinos también, el movimiento independentista no llegaría más lejos.
Fue bueno para la Revuelta Árabe que este cambio se impusiera tan temprano en su desarrollo. Habíamos estado trabajando desesperadamente para arar tierras baldías; para hacer crecer la nacionalidad en un lugar lleno de la certidumbre de Dios, esa certidumbre del upas que prohibía toda esperanza. Entre las tribus, nuestro credo solo podía ser como la hierba del desierto: una hermosa y fugaz apariencia de primavera que, tras el calor de un día, caía reducida a polvo. Los objetivos y las ideas deben traducirse en tangibilidad mediante la expresión material. Los hombres del desierto estaban demasiado desapegados para expresar lo primero; eran demasiado pobres en bienes y estaban demasiado alejados de la complejidad para sostener lo segundo. Si queríamos prolongar nuestra vida, debíamos penetrar en las tierras cultivadas; en las aldeas donde los tejados o los campos mantenían los ojos de los hombres fijos hacia abajo y cercanos: y comenzar nuestra campaña como habíamos comenzado la de Wadi Ais, mediante el estudio del mapa y el recuerdo de la naturaleza de este nuestro campo de batalla de Siria.
Nuestros pies se hallaban sobre su frontera meridional. Al este se extendía el desierto nómada. Al oeste, Siria estaba limitada por el Mediterráneo, desde Gaza hasta Alejandreta. Por el norte, las poblaciones turcas de Anatolia le ponían fin.
Dentro de estos límites, la tierra estaba muy fragmentada por divisiones naturales. De ellas, la primera y más importante era longitudinal; la escarpada columna vertebral de montañas que, de norte a syd, dividía una franja costera de una amplia llanura interior.
Estas zonas tenían diferencias climáticas tan marcadas que formaban dos países, casi dos razas, con sus respectivas poblaciones. Los sirios de la costa vivían en casas distintas, se alimentaban y trabajaban de manera diferente, y usaban un árabe que difería por su inflexión y su tono del de los habitantes del interior. Hablaban del interior a regañadientes, como de una tierra salvaje de sangre y terror.
La llanura interior estaba subdividida geográficamente en franjas por los ríos. Estos valles eran las tierras de cultivo más estables y prósperas del país. Sus habitantes los reflejaban: contrastando, en el lado del desierto, con las poblaciones extrañas y cambiantes de la zona fronteriza, que oscilaban hacia el este o el oeste según la estación, viviendo de su ingenio, diezmadas por la sequía y las langostas, por las incursiones beduinas; o, si estas les faltaban, por sus propias e incurables sangrientas enemistades.
La naturaleza había dividido el país en zonas. El hombre, perfeccionando a la naturaleza, había conferido una complejidad adicional a sus compartimentos. Cada una de estas principales divisiones longitudinales, de norte a sur, estaba cruzada y tabicada artificialmente en comunidades enemistadas.
Tuvimos que reunirlas en nuestras manos para emprender una acción ofensiva contra los turcos. Las oportunidades y dificultades de Faisal residían en estas complicaciones políticas de Siria, que organizábamos mentalmente en orden, como un mapa social.
Muy al norte, lo más alejado de nosotros, la frontera lingüística seguía, con bastante propiedad, la ruta de los coches de Alejandreta a Alepo, hasta que se encontraba con el ferrocarril de Bagdad, por el que ascendía hasta el valle del Éufrates; pero al sur de esta línea general había enclaves de lengua turca en los pueblos turcomanos al norte y al sur de Antioquía, y entre los armenios que se encontraban dispersos entre ellos.
Por lo demás, un componente principal de la población de la costa era la comunidad de los ansariya, aquellos discípulos de un culto a la fertilidad, radicalmente pagano, antifranqueño, desconfiado del islam, atraídos en ciertos momentos hacia los cristianos por una persecución común.
La secta, vital en sí misma, era cerril en su mentalidad y en su política. Un nusairi no traicionaría a otro, y difícilmente dejaría de traicionar a un infiel. Sus poblaciones se extendían en núcleos dispersos por las colinas principales hasta la brecha de Trípoli. Hablaban árabe, pero habían vivido allí desde los albores de las letras griegas en Siria. Por lo general, se mantenían al margen de los asuntos públicos y dejaban en paz al gobierno turco con la esperanza de ser correspondidos.
Mezcladas entre los ansaririya había colonias de cristianos sirios; y en la curva del Orontes había habido algunos bloques firmes de armenios, hostiles a Turquía.
Tierra adentro, cerca de Harim, había drusos, de origen árabe; y algunos circasianos procedentes del Cáucaso. Estos estaban enemistados con todo el mundo.
Al noreste de ellos se hallaban los kurdos, colonos de hacía algunas generaciones, que se casaban con árabes y adoptaban su política. Odiaban sobre todo a los cristianos nativos; y, después de ellos, a los turcos y a los europeos.
Más allá de los kurdos vivían algunos yezidíes, de lengua árabe, pero con el pensamiento afectado por el dualismo de Irán y propensos a aplacar al espíritu del mal. Cristianos, mahometanos y judíos, pueblos que anteponían la revelación a la razón, se unían para escupir sobre Yezid.
Tierra adentro se hallaba Alepo, una ciudad de dos habitantes, epítome de todas las razas y religiones de Turquía. Al este de Alepo, a lo largo de sesenta millas, se asentaban árabes cuyo color y costumbres se volvían cada vez más tribales a medida que se acercaban al confín del cultivo, allí donde terminaba el seminómada y empezaba el badauí.
Un corte a través de Siria, del mar al desierto, un grado más al sur, comenzaba en colonias de circasianos musulmanes cerca de la costa.
En la nueva generación hablaban árabe y eran una raza ingeniosa, pero pendenciera, muy resistida por sus vecinos árabes.
Tierra adentro de ellos estaban los ismaelitas. Estos inmigrantes persas se habían vuelto árabes en el curso de los siglos, pero veneraban entre ellos a cierto Mahoma, quien en persona era el Aga Khan. Creían que él era un soberano grande y maravilloso, que honraba a los ingleses con su amistad. Evitaban a los musulmanes, pero ocultaban débilmente sus bestiales opiniones bajo un barniz de ortodoxia.
Más allá se encontraban las extrañas visiones de aldeas de árabes tribales cristianos, bajo el mando de jeques. Parecían cristianos muy recios, muy distintos de sus llorones hermanos de las colinas.
Vivían como los suníes que los rodeaban, se vestían como ellos y mantenían las mejores relaciones con ellos.
Al este de los cristianos se extendían comunidades musulmanas semipastoriles; y en el último linde del terreno cultivado, algunas aldeas de proscritos ismailíes, en busca de la paz que los hombres les negaban. Más allá estaban los beduinos.
Una tercera sección a través de Siria, un grado más abajo, caía entre Trípoli y Beirut.
Primero, cerca de la costa, estaban los cristianos del Líbano; en su mayoría maronitas o griegos. Era difícil desentrañar la política de ambas Iglesias.
Superficialmente, una debió de ser francesa y otra rusa; pero una parte de la población, para ganarse la vida, había estado en los Estados Unidos, y allí había desarrollado una vena anglosajona, no menos vigorosa por ser espuria.
La Iglesia griega se enorgullecía de ser la antigua siria, autóctona, de un intenso localismo que podía aliarla con Turquía antes que soportar la dominación irremediable de una potencia romana.
Los adherentes de ambas sectas coincidían en la difamación desmedida, cuando se atrevían, de los mahometanos. Tal desprecio verbal parecía calmar su conciencia de inferioridad innata. Familias de musulmanes vivían entre ellos, idénticas en raza y costumbres, salvo por un dialecto menos melindroso y una menor ostentación de la emigración y sus resultados.
En las laderas más altas de los cerros se agrupaban los asentamientos de los metualíes, musulmanes chiíes procedentes de Persia desde hacía generaciones.
- Eran sucios, ignorantes, hoscos y fanáticos, y se negaban a comer o beber con los infieles; consideraban a los suníes tan malos como a los cristianos; y seguían únicamente a sus propios sacerdotes y notables.
- La fuerza de carácter era su virtud: una cualidad rara en la locuaz Siria.
Al otro lado de la cresta del cerro se encontraban las aldeas de pequeños propietarios cristianos que vivían en plena paz con sus vecinos musulmanes, como si nunca hubieran oído los agravios del Líbano.
Al este de ellos había un campesinado árabe seminómada; y más allá, el desierto abierto.
Una cuarta sección, un grado más al sur, habría caído cerca de Acre, cuyos habitantes, desde la orilla del mar, eran primero árabes suníes, luego drusos y después matawila.
A orillas del valle del Jordán vivían colonias de refugiados argelinos profundamente desconfiadas, frente a aldeas de judíos.
Los judíos eran de diversas clases. Algunos, estudiosos hebreos de tipo tradicionalista, habían desarrollado un nivel y un estilo de vida propios del país; mientras que los recién llegados, muchos de los cuales venían de inspiración alemana, habían introducido extrañas costumbres, extraños cultivos y casas europeas (levantadas con fondos de caridad) en esta tierra de Palestina, que parecía demasiado pequeña y demasiado pobre para corresponder a sus esfuerzos: pero la tierra los toleraba.
Galilea no mostraba la profunda antipatía hacia sus colonos judíos que era un rasgo desagradable de la vecina Judea.
Al otro lado de las llanuras orientales (densamente pobladas de árabes) se extendía un laberinto de lava agrietada, el Loya, donde los proscritos y fugitivos de Siria se habían reunido durante generaciones sin cuento. Sus descendientes vivían allí en aldeas sin ley, a salvo de turcos y beduinos, y resolvían sus disputas intestinas a su antojo.
Al sur y suroeste de estas se abría el Haurán, una inmensa tierra fértil, poblada por un campesinado árabe belicoso, autosuficiente y próspero.
Al este de ellos estaban los drusos, seguidores musulmanes heterodoxos de un sultán de Egipto loco y muerto. Odiaban a los maronitas con un odio acérrimo que, cuando era alentado por el Gobierno y los fanáticos de Damasco, hallaba expresión en grandes matanzas periódicas.
Aun así, los drusos no eran del agrado de los árabes musulmanes y los despreciaban a su vez. Estaban enemistados con los beduinos y conservaban en su montaña una muestra del caballeroso semifeudalismo del Líbano en los tiempos de sus Emires autónomos.
Una quinta sección en la latitud de Jerusalén habría comenzado con alemanes y con judíos alemanes, que hablaban alemán o judeo-alemán, aún más intratables que los judíos de la era romana, incapaces de soportar el contacto con otros que no fueran de su raza, algunos de ellos agricultores, la mayoría tenderos, la parte más extraña y descaritada de toda la población de Siria.
A su alrededor fruncían el ceño sus enemigos, los taciturnos campesinos palestinos, más estúpidos que los labriegos del norte de Siria, materialistas como los egipcios y arruinados.
Al este de ellos se extendía la hondonada del Jordán, habitada por siervos carbonizados; y al otro lado, grupo tras grupo de aldeanos cristianos respetables que eran, después de sus correligionarios agricultores del valle del Orontes, los ejemplos menos tímidos de nuestra fe original en el país.
Entre ellos y al este de ellos había decenas de miles de árabes seminómadas, que profesaban el credo del desierto y vivían del temor y la generosidad de sus vecinos cristianos.
A lo largo de esta tierra en disputa, el Gobierno otomano había establecido una línea de inmigrantes circasianos procedentes del Cáucaso ruso. Estos mantenían su posición únicamente mediante la espada y el favor de los turcos, a quienes, por necesidad, profesaban devoción.