La perpetua batalla nos despojó del cuidado de nuestras propias vidas y de las ajenas. Teníamos sogas al cuello y precios sobre nuestras cabezas que demostraban que el enemigo nos tenía reservadas torturas horribles si éramos capturados.
Cada día algunos de los nuestros perecían; y los vivos se sabían apenas títeres conscientes en el gran teatro de Dios: en verdad, nuestro capataz era despiadado, despiadado, mientras nuestros maltrechos pies pudieran avanzar tambaleándose por el camino.
- Los débiles envidiaban a los lo suficientemente cansados como para morir; pues el éxito parecía muy lejano, y el fracaso, una liberación cercana y segura, aunque agónica, de la fatiga.
- Vivíamos siempre en la tensión o el abatimiento de los nervios, ya en la cresta o ya en el seno de las olas de la emoción.
Esta impotencia nos amargaba y nos hacía vivir solo para el horizonte visible, indiferentes a qué maldad infligíamos o padecíamos, puesto que la sensación física se revelaba mezquinamente transitoria.
Ráfagas de crueldad, perversiones y pasiones recorrían levemente la superficie sin inquietarnos; pues las leyes morales que habían parecido rodear de empalizadas estos tontos accidentes debían ser palabras aún más tenues.
Habíamos aprendido que existían punzadas demasiado agudas, pesares demasiado profundos y éxtasis demasiado elevados para que nuestros seres finitos los registraran. Cuando la emoción alcanzaba ese punto, la mente se asfixiaba; y la memoria se blanqueaba hasta que las circunstancias volvían a ser rutinarias.
Tal exaltación del pensamiento, si bien dejaba al espíritu a la deriva y le otorgaba libertad en aires extraños, le hizo perder el viejo y paciente dominio sobre el cuerpo.