Damasco era el punto culminante de nuestros dos años de incertidumbre, y mi mente estaba distraída por fragmentos de todas las ideas que se habían usado o rechazado en ese tiempo. Además, Kiswe resultaba sofocante por las exhalaciones de demasiados árboles, demasiadas plantas, demasiados seres humanos: un microcosmos del mundo atestado que teníamos por delante.
Al marchar los alemanes de Damasco, incendiaron los depósitos y los almacenes de municiones, de modo que cada pocos minutos nos estremecían explosiones cuyo impacto inicial blanqueaba el cielo con llamas.
A cada uno de aquellos estruendos la tierra parecía temblar; levantábamos los ojos hacia el norte y veíamos el cielo pálido salpicarse de repente con haces de puntas amarillas, a medida que los proyectiles, lanzados a alturas descomunales desde cada polvorín estallante, estallaban a su vez como cohetes apiñados.
Me volví hacia Stirling y le murmure: «Damasco está ardiendo», con el nudo en el estómago al pensar en la gran ciudad reducida a cenizas como precio de la libertad.
Cuando llegó el alba condujimos hasta lo alto de la cresta, que se alzaba sobre el oasis de la ciudad, temerosos de mirar al norte en busca de las ruinas que esperábamos: pero, en vez de ruinas, los silenciosos jardines se veían de un verde borroso por la bruma del río, en cuyo entorno la ciudad centelleaba, tan hermosa como siempre, como una perla al sol de la mañana. El estrépito de la noche se había reducido a una rígida y alta columna de humo, que se alzaba con sombría negrura desde el depósito junto a Kadem, la terminal de la línea del Hiyaz.
Conducimos por la carretera recta y abancalada a través de los campos regados, en los que los campesinos apenas comenzaban la labor del día.