habría visto su proyectado regimiento de pensamientos, actos y sentimientos alineados a su alrededor como criaturas independientes; acechando, cual buitres, el paso en su seno de la cosa común que les daba vida.
Rahail me arrancó de mi sueño mortal sacudiéndome la jáquima y golpeándome, mientras gritaba que habíamos perdido el rumbo y deambulábamos hacia las líneas turcas en Aba el Lissan. Tenía razón, y tuvimos que dar un gran rodeó para llegar a Batra a salvo.
Bajamos a pie por las zonas más empinadas del desfiladero y luego avanzamos a tropiezos por el uadi Hafira. En medio de este, un valiente muchacho howeiti de quizás catorce años se nos lanzó al encuentro, con el dedo en el gatillo, y nos ordenó que nos detuviéramos y diéramos explicaciones; lo cual hicimos, entre risas. El muchacho se sonrojó y se disculpó diciendo que los camellos de su padre lo mantenían siempre en campaña, de modo que no nos conocía ni de vista ni por descripción. Nos suplicó que no lo deshonráramos delatando su error.
El incidente rompió la tensión entre Rahail y yo; y, conversando, salimos cabalgando hacia la Gaa. Allí, bajo los tamariscos, pasamos durmiendo las horas centrales del día, ya que debido a nuestra lentitud en la marcha por Batra habíamos perdido la posibilidad de llegar a Áqaba dentro de los tres días desde Azrak. Tomamos con calma el incumplimiento de nuestro propósito. La gloria de Rumm no le permitía a uno consumirse en remordimientos febriles.
Subimos por su valle a primera hora de la tarde; más tranquilos ahora y bromeando unos con otros, mientras la larga tarde de invierno se nos venía encima. Cuando pasamos el Khazail en el ascenso, encontramos el sol oculto tras bancos horizontales de nubes bajas en el oeste, y disfrutamos de un rico crepúsculo de tipo inglés. En Itm la neblina ascendía suavemente de la tierra, y se juntaba en masas blancas como lana en cada hondonada.