Unos jinetes pasaron a galope tendido junto a nosotros, hacia el sur.
Disparamos contra ellos, y entonces el tren patrulla regresó, retrocediendo a toda velocidad del peligro de Peake. Corrimos a su lado y abrimos fuego contra los vagones con nuestra Vickers, mientras Junor enviaba una verde lluvia de balas trazadoras desde su Lewis a través de la oscuridad.
Por encima de nuestros disparos y del ruido del motor, oímos a los turcos aullar aterrorizados por este ataque luminoso. Respondieron al fuego de manera desorganizada, pero al hacerlo el gran automóvil estornudó de repente y se quedó detenido.
Una bala había perforado el extremo sin blindaje del depósito de gasolina, el único punto sin blindaje de todo nuestro grupo de automóviles. Nos llevó una hora tapar la fuga.
Luego viajamos a lo largo de la línea silenciosa hasta los rieles retorcidos y las alcantarillas abiertas de par en par, pero no pudimos encontrar a nuestros amigos.
Así que retrocedimos una milla, y allí por fin dormí a gusto, tres horas perfectas antes del amanecer. Me desperté fresco y reconocí nuestro paraje. Probablemente había sido solo la quinta noche sin dormir lo que me había embotado el entendimiento.
Avanzamos, rebasando a los egipcios con los gurkhas, y llegamos a Azrak a primera hora de la tarde. Allí estaban Feisal y Nuri Shaalan, ansiosos por escuchar nuestras noticias. Se lo explicamos detalladamente; y luego fui a ver a Marshall, en el hospital provisional. Él tenía a todos nuestros heridos graves bajo su tranquilo cuidado: pero eran menos de los que había previsto, así que pudo ceder una camilla para mi cama.
Al amanecer llegó Joyce inesperadamente. Había decidido que en aquella tregua era su deber bajar a Aba el Lissan para ayudar a Zeid y a Jaafar