dos veces la Ghazala, nuestra mejor camella, hizo ciento cuarenta y tres sola conmigo. Los pozos rara vez estaban separados por cien millas, así que la reserva de medio litro era margen suficiente.
Nuestros víveres para seis semanas nos daban capacidad para mil millas de ida y vuelta. La resistencia de nuestros camellos hizo posible que recorriésemos (para mí, el novato en camellos del ejército, la palabra más adecuada sería «doloroso») mil quinientas millas en treinta días, sin miedo a pasar hambre; porque, incluso si nos excedíamos en el tiempo, cada uno de nosotros iba sentado sobre doscientas libras de carne en potencia, y el hombre que se quedara sin camello podía ir a la grupa de otro, montando dos en uno, en caso de emergencia.
El equipo de los grupos de asalto debía buscar la sencillez, aunque manteniendo una superioridad técnica sobre los turcos en el aspecto crucial.
Mandé a pedir a Egipto grandes cantidades de armas automáticas ligeras, Hotchkiss o Lewis, para ser utilizadas como herramientas de tiradores selectos. A los hombres que entrenamos en su uso se les mantuvo deliberadamente ignorantes del mecanismo, para no perder velocidad en la acción intentando repararlas. Los nuestros eran combates de minutos, librados a dieciocho millas por hora. Si un arma se encasquillaba, el artillero debía desecharla y entrar en combate con su fusil.
Otro rasgo distintivo pudieron ser los altos explosivos. Desarrollamos métodos especiales con dinamita y, para el final de la guerra, podíamos demoler cualquier cantidad de vías férreas y puentes con economía y seguridad. Allenby fue generoso con los explosivos. Lo único que nunca tuvimos, hasta el último mes, fueron cañones, ¡y qué lástima! En la guerra de maniobras, un cañón de largo alcance pesaba más que noventa y nueve de corto.