Esta comida puso fin a nuestro día, a excepción del ofrecimiento furtivo, por parte de un esclavo descalzo, de una bandeja de vasitos de té a largos intervalos.
Fáysal no se durmió hasta muy tarde, y jamás traicionó deseo alguno de apresurar nuestra marcha. Por la noche se relajaba tanto como le era posible y evitaba el trabajo evitable.
Mandaba a buscar a algún jeque local para que contara historias de la región e historias de la tribu y su genealogía; o los poetas de la tribu nos cantaban sus relatos de guerra: largas formas tradicionales con epítetos tópicos, sentimientos tópicos e incidentes tópicos injertados de nuevo en los esfuerzos de cada generación.
A Fáysal le apasionaba la poesía árabe y a menudo propiciaba recitaciones, juzgando y premiando los mejores versos de la velada. Muy de vez en cuando jugaba al ajedrez, con la agilidad mental directa de un esgrimista, y de forma brillante.
A veces, quizá en beneficio mío, contaba historias de lo que había visto en Siria, fragmentos de la historia secreta turca o asuntos familiares. De sus labios aprendí mucho sobre los hombres y los bandos en el Hiyaz.