Andábamos escasos de cuchillos y, tras matar las ovejas por turno, tuvimos que recurrir a piedras de sílex perdidas para despiezarlas. Como hombres no acostumbrados a tales recursos, las utilizamos con espíritu eolítico; y se me ocurrió que, de haber escaseado el hierro constantemente, habríamos tallado nuestras herramientas cotidianas con la destreza de los paleolíticos; mientras que, de no haber tenido metal alguno, nuestro arte se habría volcado en piedras perfectas y pulidas. Nuestros ciento diez hombres se comieron las mejores partes de veinticuatro ovejas de una sentada, mientras los camellos ramoneaban por allí o comían lo que habíamos dejado; pues a los mejores camellos de montar se les enseñaba a que les gustara la carne cocida. Cuando terminamos, montamos y cabalgamos durante la noche hacia Bair: a donde entramos sin novedad, triunfantes, bien alimentados y enriquecidos, al amanecer.
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