para sus propios fines y nada más. Las consecuencias lógicas fueron la reducción de esta licencia a privilegio por parte de los hombres del desierto, y su dureza con los extranjeros desprovistos de presentación o garantía, ya que la seguridad común residía en la responsabilidad común de los parientes. Tafas, en su propia tierra, podía soportar con ligereza la carga de velar por mi seguridad.
Los valles empezaban a perfilarse nítidamente, con lechos limpios de arena y guijarro, y algún que otro gran peñasco arrastrado por alguna crecida.
Había muchos arbustos de retama, de un gris y un verde relajantes para la vista, y buenos para leña, aunque inútiles como pasto. Ascendimos de manera constante hasta volver a incorporarnos a la ruta principal de peregrinación.
Por ella continuamos nuestro camino hasta el atardecer, momento en que pudimos divisar la pequeña aldea de Bir el Sheikh. En las primeras tinieblas, mientras se encendían las hogueras para la cena, recorrimos al trote su calle ancha y abierta y nos detuvimos.
Tafas entró en una de las veinte míseras chozas y, mediante unas pocas palabras susurradas y largos silencios, compró harina, con la cual y un poco de agua amasó una torta de dos pulgadas de espesor y ocho de diámetro. La enterró en las cenizas de una hoguera de leña menuda, provista para él por una mujer subh a la que parecía conocer.
Cuando la torta estuvo caliente, la sacó del fuego y la sacudió para quitarle el polvo; luego la compartimos, mientras Abdulla se iba a comprar tabaco para sí mismo.
Me dijeron que el lugar tenía dos pozos revestidos de piedra al pie de la pendiente sur, pero no me sentía con ganas de ir a verlos, pues la larga