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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXI

—Pero, Auda, nosotros decimos que debemos honrar a nuestros hijos e hijas, los herederos de nuestro valor acumulado, cumplidores de nuestra sabiduría quebrantada. Con cada generación la tierra es más vieja, la humanidad está más alejada de su infancia...

El viejo, hoy de malas pulgas, me miró con ojos entrecerrados y un humor benévolo, y señaló a Abu Tayi, su hijo, que andaba por la llanura frente a nosotros probando un camello nuevo, golpeándole el cuello con su bastón en un vano esfuerzo por hacerlo marchar al trote como a un pura sangre.

—Oh, pilluelo del mundo —dijo—. Si Dios quiere, ha heredado mi valía, pero gracias a Dios aún no mi fuerza; y si le encuentro defectos, le pondré la cola roja. Sin duda usted es muy sabio.

El resultado de nuestra charla fue que yo debía marcharme a un lugar despejado para aguardar los acontecimientos. Alquilamos veinte camellos para transportar los explosivos; y se fijó para nuestra partida el día de mañana, dos horas después del aeroplano.

El aeroplano era el pintoresco regulador de los asuntos públicos en el campamento de Guweira. Los árabes, levantados como siempre antes del alba, lo esperaban: Mastur ponía a un esclavo en la cumbre del risco para dar la primera señal de aviso.

Cuando se acercaba su hora fija, los árabes paseaban parsimoniosos, charlando en un despliegue de despreocupación, hacia la roca. Una vez bajo ella, cada hombre trepaba a la cornisa que prefería.

Detrás de Mastur subía el grupo de sus esclavos, con su café en el brasero y su alfombra. En un rincón sombrío, él y Auda se sentaban a hablar hasta que el ligero escalofrío de emoción recorría, de arriba abajo, las repisas atestiguadas al oír por primera vez el canto del motor sobre el desfiladero de Shtar.

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