Zeid se mostraba distante, despreocupado. Yo estaba furioso. Los turcos jamás habrían debido aventurarse a regresar a Tafileh, ateniéndose a las reglas de la estrategia sensata. Era pura codicia, una actitud mezquina e indigna de un enemigo serio, justo el tipo de estupidez sin remedio que cometería un turco. ¿Cómo podían esperar una guerra en condiciones si no nos daban la oportunidad de honrarlos? Nuestra moral se arruinaba continuamente por sus insensateces, pues ni nuestros hombres podían respetar su valor, ni nuestros oficiales respetar su inteligencia. Además, era una mañana helada, yo llevaba toda la noche en vela y era lo bastante teutón como para decidir que debían pagar por mi cambio de opinión y de planes.
Deben de ser pocos en número, a juzgar por la velocidad de su avance.
Teníamos todas las ventaja, de tiempo, de terreno, de número, de clima, y podíamos darles jaque mate con facilidad; pero, para mi furia, eso no era suficiente.
Jugaríamos a su clase de juego a nuestra escala pigmea; les daríamos una batalla campal tal como la querían; los mataríamos a todos. Revolvería mi memoria en busca de las máximas medio olvidadas del manual ortodoxo del ejército, y las parodiaría en acción.
Esto fue villano, pues con la aritmética y la geografía por aliadas podríamos habernos ahorrado el factor sufriente de la humanidad; y hacer una broma consciente de la victoria fue un acto gratuito. Pudimos haber ganado negando la batalla, engañándolos al maniobrar nuestro centro como en tantas ocasiones anteriores y posteriores: sin embargo, el mal genio y la presunción se unieron esta vez para hacer que no me conformara con conocer mi poder, sino que estuviera decidido a darle publicidad ante el enemigo y ante todos.