Codal
nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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XCIII

con los bordes azotados por tallos resecos de matorral. El agua era gris, como el lecho arcilloso del valle, pero dulce. Allí descansamos durante la noche, ya que el zaagi había cazado una avutarda, y Jenofonte acertó al calificar su blanca carne de buena. Mientras banquetearon los melindres, banquetearon los camellos. Por la generosidad de la primavera, se hundían hasta las rodillas en verde suculento.

Una cuarta marcha fácil nos llevó al Atara, nuestra meta, donde acampaban nuestros aliados, Mifleh, Fahad y Adhub. Fahad seguía postrado, pero Mifleh, con palabras almibaradas, salió a recibirnos, con el rostro consumido por la codicia y la voz ronca de la misma ambición.

Nuestro plan, gracias a la parte del león que aportaba Allenby, se presentaba sencillo. Cruzaríamos, cuando estuviéramos listos, la línea hacia Themed, el principal abrevadero de los Beni Sakhr. Desde allí, bajo la cobertura de una pantalla de su caballería, avanzaríamos hacia Madeba y la acondicionaríamos como nuestro cuartel general, mientras Allenby ponía en buenas condiciones la carretera de Jericó a Es-Salt. Debíamos enlazar cómodamente con los británicos sin disparar un solo tiro.

Entre tanto, no teníamos más que esperar en los atatir, que para nuestro gozo eran realmente verdes, con cada hondonada convertida en charca permanente y los lechos de los valles cubiertos de hierba alta salpicada de flores. Las crestas calcáreas, estériles por la sal, enmarcaban encantadoramente los cauces de agua. Desde su punto más alto podíamos mirar hacia el norte y el sur, y ver cómo la lluvia, al escurrirse, había pintado los valles sobre el blanco con anchas franjas de un verde nítido y firme, como pinceladas. Todo crecía, y día a día el cuadro se hacía más pleno y luminoso hasta que el desierto se volvió semejante a un prado cenagoso y frondoso.

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