su alfombra y le dijo: «¡Vamos! Cuéntanos más de tus "noches" y maravillas de la batalla: entreténnos». Mirzuk, un muchacho apuesto y listo (de rasgos un poco demasiado marcados), entrando en el espíritu del asunto, comenzó, con su amplio acento ateibí, a trazarnos con palabras imágenes del joven Zeid en huida; del terror de Ibn Thawab, aquel famoso bandido; y, ultraje supremo, ¡de cómo el venerable el Hussein, padre del jerife Alí, el harití, había perdido sus cafeteras!
Feisal, al hablar, poseía una voz rica y musical, y la empleaba con cuidado con sus hombres.
Con ellos conversaba en dialecto tribal, pero con un modo curioso y vacilante, como si titubeara penosamente entre las frases, buscando en su interior la palabra justa.
Su pensamiento, tal vez, se adelantaba apenas un poco a su discurso, pues las frases elegidas al fin solían ser las más sencillas, lo cual producía un efecto emotivo y sincero.
Parecía posible, tan delgado era el velo de las palabras, ver brillar un espíritu puro y muy valiente.
En otras ocasiones estaba lleno de humor, ese imán infalible para la buena voluntad árabe. Una noche les habló a los jeques de los rifaa cuando los envió a ocupar la llanura de este lado de Bir el Fagir, una región enmarañada de matorrales de acacias y tamarindos sobre el imperceptible parteaguas de la larga depresión que une Bruka y Bir Said. Les dijo con suavidad que los turcos se acercaban, y que su deber era contenerlos y atribuir a Dios el mérito de su victoria; añadiendo que esto se volvería imposible si se quedaban dormidos. Los ancianos —y en Arabia los mayores importaban más que los jóvenes— prorrumpieron en palabras de júbilo y, tras decir que Dios le concedería una victoria, o más