Su piel era cetrina, sus ojos grandes, hondos y castaños, la nariz fina y algo aguileña, la boca triste y caía hacia abajo. Tenía una barba negra y escasa, y unas manos muy delicadas. Sus maneras eran dignas y admirables, pero directas; y me pareció un caballero agradable, concienzudo, sin gran fuerza de carácter, nervioso y bastante cansado. Su debilidad física (era tuberculoso) lo hacía propenso a rápidos arrebatos de pasión temblorosa, precedidos y seguidos por largos estados de terquedad enfermiza. Era un hombre de libros, docto en leyes y religión, y piadoso casi hasta el fanatismo. Era demasiado consciente de su alta estirpe como para ser ambicioso; y su naturaleza era demasiado limpia para ver o sospechar motivos interesados en quienes lo rodeaban. En consecuencia, era presa fácil de cualquier compañero constante, y demasiado sensible a los consejos como para ser un gran líder, aunque la pureza de sus intenciones y de su conducta le ganaron el afecto de cuantos entraron en contacto directo con él. Si Feisal resultaba no ser un profeta, la revuelta se apañaría bastante bien con Ali a la cabeza.
Me parecía más decididamente árabe que Abdulla, o que Zeid, su joven hermanastro, que lo ayudaba en Rabeg, y que había bajado con Alí, Nuri y Aziz hasta los palmares para ver mi partida. Zeid era un muchacho tímido, pálido y sin barba, de unos diecinueve años, tranquilo y frívolo, sin ningún fanatismo por la revuelta. En efecto, su madre era turca y se había criado en el harén, por lo que difícilmente podía sentir una gran simpatía por un renacimiento árabe; pero hizo todo lo posible ese día por ser agradable, y superó a Alí, tal vez porque sus sentimientos no se veían muy ofendidos ante la partida de un cristiano hacia la Provincia Santa bajo los auspicios del emir de La Meca.