No debemos tomar Medina. El turco era inofensivo allí. En una prisión en Egipto nos costaría comida y guardias. Queríamos que se quedara en Medina, y en cualquier otro lugar lejano, en el mayor número posible. Nuestro ideal era mantener su ferrocarril justo en funcionamiento, pero apenas, con el máximo de pérdidas y molestias. El factor de la comida lo confinaría a los ferrocarriles, pero era bienvenido en el ferrocarril del Hiyaz, y en el ferrocarril Transjordano, y en los ferrocarriles de Palestina y Siria durante la duración de la guerra, siempre que nos dejara los otros nueve mil novecientos milésimos del mundo árabe. Si tendía a evacuar demasiado pronto, como paso para concentrarse en la pequeña área que sus números podían dominar eficazmente, entonces tendríamos que devolverle la confianza reduciendo nuestras empresas contra él. Su estupidez sería nuestra aliada, pues le gustaría retener, o creer que retenía, tantas de sus antiguas provincias como fuera posible. Este orgullo por su herencia imperial lo mantendría en su actual posición absurda: todo flancos y ningún frente.
Criticé detalladamente el plan de operaciones. Mantener un punto intermedio del ferrocarril resultaría costoso, pues la fuerza de ocupación podría verse amenazada desde ambos flancos. La mezcla de tropas egipcias con miembros de las tribus constituía una debilidad moral. Si había soldados profesionales presentes, los beduinos se harían a un lado y los verían trabajar, felices de verse eximidos del papel principal. El resultado sería la ineficiencia sumada a los celos. Además, el territorio de los Billi era muy árido, y el mantenimiento de una gran fuerza junto a la línea, técnicamente difícil.