que yo, empezando a sentir un medio orgullo por sus dolores.
Aun si hubiéramos empezado en igualdad de condiciones, él me llevaba ventaja de sobra en fuerza, y ahora yo estaba casi acabado.
Paso a paso me iba entregando a un dolor sordo que conspiraba con la menguante fiebre y la entumecida monotonía de la cabalgata para cerrar las puertas de mis sentidos. Me parecía por fin estar acercándome a la insensibilidad que siempre había estado fuera de mi alcance: pero una tierra deleitosa; para alguien de tejidos tan perezosos que nada que no rozara el desmayo dejaría libre su espíritu.
Ahora me hallaba dividiéndome en partes.
- Había una que seguía cabalgando prudentemente, ahorrando o ayudando en cada paso al cansado camello.
- Otra, flotando arriba y a la derecha, se inclinaba con curiosidad y preguntaba qué estaba haciendo la carne.
La carne no dio respuesta, pues, en verdad, solo era consciente de un impulso dominante de seguir y seguir; pero una tercera, hablantina, hablaba y se preguntaba, crítica con la labor autoinfligida del cuerpo y desdeñosa del motivo del esfuerzo.
La noche transcurrió en estas conversaciones mutuas. Mis ojos ciegos veían la meta del alba enfrente; la cumbre del desfiladero, bajo la cual aquel otro mundo de Rumm se extendía como un mapa iluminado por el sol; y mis partes debatían que la lucha bien podía ser digna, pero el fin una necedad y un renacimiento de tribulaciones. El cuerpo agotado prosiguió su esfuerzo con terquedad y no hizo caso, con toda razón, pues los seres divididos no decían nada que yo no fuera capaz de pensar con la sangre fría; todos ellos eran mis naturales. Telesio, aleccionado por alguna experiencia semejante, fragmentó el alma. De haber continuado hasta el límite extremo del agotamiento,