ante nosotros de vuelta a sus hogares.
Al emprender el regreso comenzó a nevar; y solo muy tarde, y mediante un último esfuerzo, logramos meter a nuestros heridos. Los turcos heridos se quedaron afuera, y al día siguiente estaban muertos. Era indefendible, como lo era toda la teoría de la guerra; pero no recaía sobre nosotros ningún reproche especial por ello.
Nos habíamos jugado la vida en la ventisca (el frío de la victoria abrumándonos) para salvar a nuestros propios compañeros; y si nuestra regla era no perder árabes por matar aun a muchos turcos, menos aún podíamos perderlos para salvar a los turcos.
Al día siguiente y al otro nevó aún con más fuerza. Estábamos atrapados por el mal tiempo y, a medida que los días pasaban en la monotonía, fuimos perdiendo la esperanza de actuar. Deberíamos haber avanzado más allá de Kerak pisando los talones a la victoria, aterrorizando a los turcos hacia Amán con nuestra fama; tal como fue, nada quedó de toda la pérdida y el esfuerzo, salvo un parte que envié al cuartel general británico en Palestina para consumo del Estado Mayor.
Estaba escrito mezquinamente para causar efecto, lleno de sonrisas pintorescas y simuladas simpleces; y les hizo pensar que yo era un modesto aficionado, que hacía lo mejor que podía según los grandes modelos; no un payaso, mirándoles de reojo desde allí donde ellos, con Foch, maestro de capilla, a la cabeza, marchaban al compás del tambor por el viejo camino del derramamiento de sangre hacia la casa de Clausewitz.
Como la batalla, era una parodia casi a prueba de uso reglamentario. Al cuartel general le encantó e inocentemente, para coronar la broma, me ofreció una condecoración basándose en él. Tendríamos pechos más brillantes en el Ejército si cada hombre fuera capaz, sin testigos, de redactar su propio parte.