La mujer se convertía en una máquina para el ejercicio muscular, mientras que el lado psíquico del hombre solo podía saciarse entre sus iguales. De ahí surgían estas asociaciones de hombre a hombre, para proveer a la naturaleza humana de algo más que el contacto de carne con carne.
Nosotros, los occidentales de esta era compleja, monjes en las celdas de nuestros cuerpos, que buscamos algo que nos llenara más allá de la palabra y del sentido, fuimos excluidos de ello para siempre por el mero esfuerzo de la búsqueda.
Sin embargo, llegó a niños como estos inconscientes ageyl, contentos de recibir sin retribución, incluso los unos de los otros.
Nos atormentamos con el remordimiento heredado por la indulgencia carnal de nuestro nacimiento grosero, esforzándonos por pagarlo a través de una vida de miseria; haciendo frente a la felicidad, el sobregiro de la vida, con un infierno compensatorio, y saldando un balance contable de bien o mal contra el día del juicio.
Mientras tanto, en Aba el Lissan, las cosas no iban bien con nuestro plan de destruir la guarnición de Maán desplegando al Ejército Árabe a lo largo del ferrocarril en el norte y obligándolos a librar batalla campal, mientras Allenby atacaba su base y sus refuerzos en Amán. Faysal y Yaafar simpatizaban con el plan, pero sus oficiales clamaban por un ataque directo contra Maán. Joyce señaló la debilidad de estos en artillería y ametralladoras, su falta de experiencia y la mayor sabiduría estratégica del plan ferroviario: todo fue en vano. Maulud, ávido de un asalto inmediato, escribió memorandos a Faysal sobre el peligro de la injerencia inglesa en la libertad árabe. En ese momento, Joyce enfermó de neumonía y partió hacia Suez. Dawnay subió a parlamentar con los descontentos. Era nuestra mejor carta, con su