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nydus/Seven Pillars of WisdomPublic
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LXXXVIII

Tenían que vivir en trincheras poco profundas en la ladera. No tenían más combustible que el ajenjo escaso y húmedo, sobre el cual apenas lograban cocer su pan indispensable día por medio. No tenían más ropa que el uniforme de brin caqui del tipo de verano británico. Dormían en sus fosas empapadas de lluvia y llenas de alimañas sobre sacos de harina vacíos o semivacíos, seis u ocho de ellos juntos en un nudo apretado, para que se pudieran juntar suficientes mantas gastadas y darse calor.

Algo más de la mitad de ellos murieron o resultaron heridos por el frío y la humedad; sin embargo, los demás mantuvieron su guardia, intercambiando disparos a diario con los puestos avanzados turcos, y protegidos únicamente por las inclemencias del tiempo de un contraataque aplastante. Les debíamos mucho a ellos, y más aún a Maulud, cuya fortaleza los reafirmaba en su deber.

La historia del viejo guerrero cicatrizado en el ejército turco era un catálogo de asuntos provocados por su férreo sentido del honor y la nacionalidad árabes, un credo por el cual tres o cuatro veces había sacrificado sus perspectivas.

Debía de ser un credo fuerte el que le permitía soportar con alegría tres meses de invierno frente a Maán y repartir suficiente espíritu entre quinientos hombres corrientes para mantenerlos firmemente a su lado.

Nosotros, por nuestro único día, tuvimos suficiente de penalidades. Justo en la cresta, sobre Aba el Lissan, el suelo estaba cubierto de una costra de escarcha, y solo el escozor del viento en los ojos nos estorbaba: pero entonces empezaron nuestros problemas. Los camellos se detuvieron en seco en el aguanieve, al pie de un talud de seis metros de lodo resbaladizo, y mugieron ante él con impotencia, como diciendo que no podían subirnos por aquello. Saltamos para

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